María estaba persiguiendo a su padre, pero éste no le hacía caso. Sus piernecitas no iban lo suficientemente deprisa. Llevaba toda la mañana detrás de él. ¿Qué debía hacer? ¿Es que no la veía? Al final tendría que gritarle y después poner su sonrisa encantadora, para que no la riñese.

Debía explicarle que Noa estaba en la habitación malherida. Había sido un descuido. ¡Ella la quería muchísimo! Aunque a veces discutiera conella acaloradamente. Por nada del mundo le habría deseado ninguna desgracia.

Al principio creía que ella podría arreglarlo. Pero no fue así. La tapa del baúl cayó de golpe, sin darle tiempo a reaccionar,  y su borde afilado cortó los tobillitos y el cuello de Noa como si fuese mantequilla. Cuando cayó al suelo, no tenía ni pies ni cabeza. Recordar esa visión la horrorizaba, no le permitía seguir disfrutando de sus juegos. ¿Podría papá reparar su muñeca?