Hoy iba a ser mi día. Lo tenía todo planeado. El alcalde se había ido fuera de la ciudad por cuestiones de negocios y su casa estaba vacía. Llena de riquezas y de tesoros valiosos, sólo de pensarlo me emociono. A las seis de la mañana cogería mis instrumentos de trabajo: cuerdas, sacos, linterna y pasamontañas. Con mi coche recién robado iría a la casa coger todo lo que pudiese para después venderlo a un precio más alto o bien quedármelo todo para mí. Saldría del coche después de asegurarme de que no hubiera nadie por la calle y de que no me dejaba nada en el maletero, pues con las prisas nunca me acuerdo de cogerlo todo.

Sabía dónde estaban todas las cámaras de seguridad y tenía preparada pintura negra para lanzar con mucho acierto y puntería al objetivo. Después entraría con mucho sigilo por la puerta trasera procurando no llamar la atención de nadie y subiría las escaleras tras pasar por el despacho, la biblioteca y la cocina. Según tenía entendido en la segunda planta estaba su habitación con la caja fuerte.

Después de coger y meter en los sacos todo el dinero y las joyas, descendería por el balcón gracias a la cuerda que me había traído. Lo que no entraba en mis planes es que por culpa del maldito perro del alcalde, perdería el equilibrio y acabaría cayéndome por el balcón. Y aquí estoy, aburrido, triste y sin mi botín, en un penoso hospital.

En fin, estaba claro que ese no era mi día.