Las alcantarillas vacías. Solo corría arie y agua apestosa. Un olor a excrementos, a putrefacción. A miedo.

En la otra punta de la ciudad, en un callejón sin salida, lleno de basura y moscas, se encontraban cien ratas. Sus caras tristes, alguna que otra llorando. Mucho silencio.

Sí señores, sí. Todos los síntomas de una guerra. La guerra entre las alcantarillas del norte y las alcantarillas del sur de la ciudad de Manhattan. Llevaban treinta y dos largos y oscuros días escondidosy faltaba solamente un día para la batalla de los quesos que tenía lugar en las grandes alcantarillas. Se peleaban por conseguir la alcantarilla grande que separaba las dos zonas.

Ratas contra ratas. Interesante pero no para las de la zona sur. Estaban sin defensa, sin queso y sin un techo. Todo lo contrario que las de la zona norte, ricas a más no poder.

Cae el sol y se vuelve a levantar. Llegó el gran día, el gran y no deseado día. Las mujeres ratas con sus hijos despidiéndose de sus maridos que iban con alguna cuchara y ramita para defenderse del ataque de los quesos.

Llegan ratas hombres del norte y del sur ahí abajo. Solo se escuchaban sus fuertes respiraciones y latidos de sus minúsculos corazones.

Empieza la pelea. Gritos.

Un perfecto plan se les ocurre. Ratas del sur aparecen con ayuda, por detrás de las del norte. Y todas juntas pueden con ellas.